Nostalgias recurrentes

Heridas

Recostada sobre su pecho, escuché latir su corazón. El mío se alteró: sabía que iba a perderlo en un par de horas. Lo sabíamos los dos. Esa era la última vez que iba a escuchar su sonido. Le dije despacio: ¨te voy a extrañar… un poco¨, y todos los silencios del mundo se agolparon en ese que allí comenzó. Los pájaros dejaron de cantar, el viento paró, los autos no existían y hasta creo que dejamos de respirar. Unos segundos después (quizás fueron segundos, o minutos o años), volvió el sonido con un beso suyo en mi frente. No hubo palabras. De pronto, tuve una visión; ahí, recostada sobre su pecho: era niña de nuevo. Me había caído de la bici y tuve la dicha de conocer la dureza del cemento. Tenía un tajo en la ceja derecha y la cara llena de sangre. Mi papá me miró, se acercó y me besó en la frente. Ése beso tampoco necesitaba de palabras para él. La imaginación, de aquella niña que fui, se esforzó para decodificar su mensaje. Para ella, él dijo: ¨estas cosas pasan. Cuando quieras darte cuenta, esa herida ya no va a estar¨... y ¡cuánta razón tuvo ese beso!

Ese ¨te extraño¨ dicho con terror, la relativización del propio sentimiento y la efímera historia de amor sólo han tenido un sentido: traerme de nuevo ese beso en la frente, conectarme con la niña que fui y reconocer en mí ese intento permanente por traducir a los hombres que no pueden hablar. Ese beso me recordó que estas cosas pasan, que todas mis heridas van a sanar.

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